viernes, 4 de diciembre de 2009

Las infinitas rectas de la Patagonia requieren una fuerza mental. Como leí por ahí, "La Patagonia es para los que son dueños de su tiempo". Aquí, mis esquemas de espacio-tiempo no valen para nada... y es que como dijo el arriero; no hay que llegar primero, hay que saber llegar.

No sabemos (mi bicicleta Greta y servidor) ya cuantas veces hemos cruzado las fronetras ebtre los estados Chileno y Argentino, dice la Greta que las fronteras políticas nunca fueron para nosotras.
Fué en este viaje cuando comencé a desarrolar una peculiar relación con Greta. Algo que viene a ser como una suerte de diálogo interno que se proyecta en monólogos con una (en principio) máquina inanimada. Y digo en principio porque acabas sintiéndola y amándola. No sé, habrá quién diga que sufro de un transtorno bipolar leve, pero a mí... que carajo me importa!Se emociona uno por estas tierras. Por fortuna el viaje en bici es una sucesión lineal de emociones, quiero decir que la supuesta emoción del viaje no reside en ciertos puntos de interés (como dicen los de Lonely Planet "HighLights") sino que es un constante estímulo para los sentidos y el alma. Eso sí, hay veces que uno llora de tanta hermosura. Como en el amanecer de la foto, en el Parque Nacional de Las Torres del Paine.


Y así pasan los kilometros y los días, y uno, se acostumbra a estar borracho de hermosura, sumido en una realidad irreal de bonita. Pero también empieza a sentirse parte del entorno que le rodea, como si un basquito en bicicleta fuera parte de las historias de la Patagonia...
... y es que la armonía es total, el tiempo pasa despacio, y la Greta no corre más que el tiempo.

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